He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
y pedantones al paño
que miran, callan y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la tierra...
Y en todas partes he visto
gentes que danzan, o juegan
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aún en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buena gente que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra...
(Antonio Machado)
Soledad... tanto se puede decir de ello, tan extrañamente creemos conocer el significado de esa palabra, que, realmente, a veces olvidamos que estamos sólos, que nacemos solos, y que vivimos y morimos solos. Que la única compañía que siempre hemos tenido es a nosotros mismos en nuestra consciencia, que pensamos que están los demás, pero tampoco conocemos en verdad el significado de la palabra estar... suponemos la compañía y creemos en ella, imaginamos un mundo que siente, piensa y vive apartado de nosotros mismos.
Dicen los que entienden de ello, los que pasaron su vida en soledad, en una soledad absoluta, para terminar muriendo habiendo escrito dos renglones, que hay dos clases de soledades; la que ayuda y la que destruye. Que la soledad es una herramienta maravillosa que nos ayuda a conocernos, a comprendernos, y a prepararnos y a aprender a disfrutar de la compañía. Dicen que esa soledad es impagable, que cuando se concilia el pensamiento y se aprende a amar realmente a ese ser que llevamos dentro, al que juzgamos en ocasiones tan duramente, es entonces cuando podemos entregar lo mejor de nosotros mismos, pero, dicen tambien, dentro de tal ascetismo, que cuesta una vida aprenderlo. Luego están las otras soledades que nos alejan del mundo, las que afilan la crítica, las que son producto del miedo, o de ambas cosas, o las que sencillamente son el producto de no saber como abrir esa caja china que es el prójimo.
Pensándolo detenidamente. Se necesita más bien poco para ser feliz, simplemente quererse bien y apreciar lo que se tiene, sin ambas condiciones no es posible. Alguien podría ser feliz en soledad si ese fuera su caso, claro que estando solo sin ninguna de las anteriores premisas la vida es un tormento.
Tampoco, dentro de todo este crisol, podemos olvidar a los que no son felices por la compañía que les toca. Yo, que soy más bien de los que prefieren la soledad, puedo decir que mi vida podría ser más llevadera sin la compañía de la inmensa mayoría de mi familia, a excepción de mi madre, que de los pocos momentos que gozo de tranquilidad, son todos ellos cuando estoy sin ellos, y que, sereno, alegre, o con la necesidad apremiante del calor humano, siempre puedo recurrir a la gente que aprecio, a la amistad, que no tiene porque ser tumultuosa.
Mi más sentido pésame. Yo si que creo que esa persona pudo ser feliz, que su vida seguramente fué tranquila, ...amable, y que realmente alguien puede sentirse querido, sin ser egoista o malsano estando en paz consigo mismo, y que es condición indispensable para poder querer a los demás. Qué alguien que sea realmente feliz es porque se siente bien con lo que tiene.